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EL PIERCING

“Mamá, ¿me dejas ponerme un piercing?”, me pregunta Thomas, (15 años), cuando estoy leyendo una novela apasionante. Estamos solos en casa. ‘¿Dónde?, cariño’, le pregunto algo atónita.

Al fin y al cabo ya lleva tres pendientes en sus orejas. ‘Pues, en el labio inferior’, me contesta sin pestañear. ‘Ah, ¡no!’, exclamo horrorizada y todo oída, mientras me levanto de mi posición semitumbada, ‘esto, ¡sí que no!’. ‘¿Por qué no?’, inquiere, ‘al fin y al cabo es mi cuerpo, ¿no?’. ‘Sí, claro, pero, sabes, cada vez que te miraré, sentiré el dolor como si tuviera yo el labio perforado’, le replico. ‘Ah’, concluye él, ‘éste es un motivo egoísta. Es únicamente por ti que no quieres que me lo ponga’, ¿a qué sí?’. ‘Supongo’, contesto en tono débil. Enfadado, con un ‘ya veremos’ sale del salón, cerrando la puerta con un portazo.
Ya no consigo concentrarme en el libro. Mis pensamientos vuelven al periodo en que Thomas era todavía un niño. Era el más placido y el más fácil de llevar de los tres. Era el niño que me dijo una vez: ‘Mamá, te quiero, pero si estás enfadada, no te quiero’. Evitaba lo posible para que no le riñera. En los primeros años del colegio sacaba siempre un diez en comportamiento. ‘Es que es tan bueno’ me dijo su profesor, como si quisiera disculparse. No era necesario, yo lo sabía mejor que nadie: Thomas era un niño muy dulce, muy pacífico, hasta incluso su voz era dulce. ¿Dónde está este niño ahora? Este gran cuerpo, que luce ahora, ¿aún aguarda el espíritu de aquel niño?
Ahora es adolescente; alto, delgado, con una melena larga, tres pendientes en forma de aro y una voz de hombre. Ya no saca un diez en comportamiento, sino se pela las clases y se enzarza en discusiones con los profesores, tal como leo en las cartas que me mandan desde colegio. ‘Thomas ha negado a quitarse los pendientes’ o ‘Thomas pidió permiso para ir al aseo y no ha vuelto a clase’. Ya sabía que la etapa de la adolescencia era complicada y distinta a todo lo anterior; pero ahora lo vivo en propia carne y es más complicado que jamás me hubiera imaginado. Ramón estuvo siempre muy ocupado con su deporte, el tenis y los deberes del colegio y no me planteó serios problemas. Thomas es diferente, tiene una gran necesidad por sentirse libre. Cualquier imposición por mi parte (y no son muchas, soy bastante permisiva) la cuestiona, la discuta y la pone en ridículo. ‘¿Por qué no puedo venir más tarde a casa?’ ‘¿Por qué no me dejas ver la tele las horas que quiero?’ ‘¿Por qué sólo me dejas salir a la discoteca un sábado de cada tres y no todos los sábados?’ ‘¿Por qué mi moto tiene puesto un ‘stop’ y sólo corre 60 km.? y un largo etcétera. Normalmente explico los motivos de mis normas, pero con Thomas desisto. No razona, sólo intenta convencerme, recurriendo a la diplomacia y sacando sus mejores trucos. Por ello ya no entro en discusión con él, pero mantengo firme mi norma. O, por lo menos lo intento. Lo agobiante es que cada día surgen nuevas situaciones sobre las que debo tomar una decisión, como ahora la cuestión del piercing. Esto en sí es típico del adolescente: lo hace porque quiere saber dónde empieza su autonomía y cuáles son los márgenes de libertad que le dan sus padres. Está tanteando su terreno. Posiblemente a Thomas ni siquiera le atrae ponerse un piercing, la cuestión sólo surge para enzarzarse de nuevo conmigo en una discusión y hacerme saber: ‘¡Ojo! Aquí estoy yo. No sé aun del todo quien soy ni como quiero ser, pero estoy intentando averiguarlo y por ello me peleo contigo’. Creo que yo misma no volveré mencionar el tema y si lo hace él, mantendré mi postura. Dejo mi novela y cojo mi libro de cabecera, llamado ‘Socorro, tengo un hijo adolescente’. Está escrito por la pareja Bayard, padres, además de psicólogos, con mucha experiencia en adolescentes. No sólo educaron a sus propios hijos, sino también sacaron adelante a varios hijos adoptivos. Han acumulado una rica fuente de experiencias y el libro, escrito en un tono realista, está repleto de ideas originales y sabios consejos. Y esto me sirve a mí, en esta fase en la que añoro los años en que mis hijos eran pequeños y me sumerjo de pleno en la jungla de la convivencia con tres adolescentes.

CONFLICTOS SOBRE EL ASPECTO EXTERNO DE TU HIJO ADOLESCENTE

Conflictos sobre ropa, pendientes, tatuajes y corte de pelo llevan fácilmente a tensiones y riñas. Conviene tener presente que su modo de vestirse es una manera de definir su identidad. Por lo tanto es preferible abstenerse de críticas y comentarios. NO obstante, si te sientes realmente mal con su aspecto, no dudes en establecer unos límites. Por ejemplo: ‘Hijo mío, puedes vestirte así cuadno estés con tus amigos o en el instituto, pero en casa de los abuelos debes llevar otro tipo de ropa’. También es comprensible que le prohíbas llevar camisetas con textos o dibujos ofensivos o hacerse piercings y tatuajes, pues no son del todo inocuos. Puede decirle que podrá hacerlo cuando llegue a la mayoría de edad (es muy probable que encontes ya no le interesen). Una buena idea es darle, a partir de los 14 ó 15 años, una paga mensual con la que él mismo se compre la ropa. Así aprende a gestionar su propio dinero y además este sistema ayuda a reducir los conflictos en torno a la ropa. Incluso para muchas chicas es mejor, durante un tiempo, que vayan a comprarse ropa con sus amigas en vez de su madre.
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Fuente: 'El día a día con los hijos', experiencias de una madre psicóloga, Coks Feensta, Ediciones Médici.



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