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FAVORITISMO PATERNO

FAVORITISMO PATERNO

La relación con cada uno de sus hijos siempre es única. Tienen caracteres diferentes, incluso los gemelos idénticos y evocan reacciones distintas en sus padres.

Mientras estas diferencias no deriven en un favoritismo, hay equilibrio en el seno familiar. Pero si no es así y hay un hijo favorito, el otro sufre. Marc, 7 años, lo expresó así: “Quisiera ser mi hermano”. En este caso hay que analizar los propios sentimientos.

En un 50% de las familias se da algún tipo de preferencia. En las de hijos múltiples la posibilidad a ello es mayor porque los hijos están en la misma fase madurativa y se tiende a compararles más.

Según Judith Dubas, Universidad de Utrecht, Holanda, el niño que se parece mucho a un progenitor, tiene más probabilidad de convertirse en su ojito derecho. Los papás suelen tener preferencia por los hijos que se le parecen físicamente; las mamás por los hijos que se le parecen en carácter. A veces hay una circunstancia especial que lleva a un trato favorito. Por ejemplo en el caso de que uno de los hijos tenga un talento especial. Este requiere más tiempo, para llevarlo a sus entrenamientos o clases. Otras veces es un niño con alguna necesidad física, que necesita controles médicos. Al ser un niño vulnerable los padres se vuelcan en él y el otro niño (u otros) puede sentirse apartado. Pero este dolor es menos fuerte que cuando el favoritismo viene dado por una preferencia de caracteres. Y en la mayoría de los casos se trata justamente de ello. Susana, madre de gemelas de 12 años:

"Me reconozco más en una de las niñas que es estudiosa y disciplinada como yo. La otra intenta siempre escabullirse. Me cuesta más no criticarla y quererla de igual modo, aunque me duele reconocerlo”.

O si uno es torpe, rompe y pierde sus pertenencias, es fácil que sea él a quien en casa se le recrimine todos los percances.

Marion West, madre de gemelos dizigóticos, cuenta honestamente en su libro ‘Two of everything but me’ (Todo doble menos yo) cómo en un momento dado se dio cuenta de que su trato hacia ellos era distinto:

“Al entrar en la cocina, veo a uno de mis hijos detrás de la puerta abierta de la nevera. Sólo atisbo sus zapatos, en medio de un líquido pegajoso derramado en el suelo. Algo debe de haber caído. Empiezo a gritar. En este momento el ‘culpable’ se asoma y veo que es Jeremy y no Jon, como pensaba. Mi enfado se derrite como la nieve ante el sol. Esto me desconcierta. ¿Cómo puede ser? ¿Tengo sentimientos tan contrarios para cada uno? Ciertamente es Jon que llega cada día a casa con zapatos y ropa sucios. Pero no justifica esta reacción en mí”.

La relación con cada uno de sus hijos siempre es única.  Tienen caracteres diferentes, incluso los gemelos idénticos y evocan  reacciones distintas en sus padres.

La madre tenía que reconocer ante sí misma que su trato hacia sus hijos era muy distinto. Jeremy es el favorito, el niño ordenado, disciplinado que no sufre percances. Hasta ahora sus intentos han sido cambiar Jon en Jeremy. Jeremy es la norma. En este instante la madre se da cuenta de la realidad y le causa una gran tristeza.

¿QUÉ SE PUEDE HACER?

Todos los padres quieren amar incondicionalmente a sus hijos y en cantidades iguales. Día tras días se esmeran en esta encomienda. Pero probablemente es la tarea más difícil que exista. Para ello hay que deshacerse de obstáculos interiores (prejuicios, ideas preconcebidas, preferencias) que liberarán el camino hacia el amor incondicional. Estos obstáculos están, muchas veces, relacionados con lo vivido en la propia infancia. Los hijos tienden a sus padres un espejo en el que ven reflejados a sí mismos, con sus fuerzas y flaquezas.

El primer paso es tomar conciencia de la situación. Esto implica no enfadarse cuando los niños lo dicen (lo perciben nítidamente) ni negarlo cuando otros lo comentan. Tomar conciencia, como lo hizo esta madre, es un buen comienzo. El mismo día ella invocó la ayuda de Dios. Por primera vez no le pidió que cambiara a Jon, sino a ella misma. También recurrió a un psicólogo. Cuenta su experiencia:

“La psicóloga me dijo claramente: ‘no puedes cambiar a tu hijo, pero sí a ti misma. Y esto es lo que tienes que hacer. Ámale. Sé amable. Incluso finge, si no lo sientes. Verás cómo la relación cambiará. Haz actividades con él a solas’. Y esto lo hice. Aunque prefería irme con su hermano, me fui con él. Jon reaccionó muy contento y esto me ayudó a quererle más. Ahora ya no siento esta diferencia. El es mi hijo ‘tropezón’ al que quiero muchísimo”.

Muchas veces, como la relación era más difícil de forjar, este amor llega a ser profundo.

A veces un gesto pequeño ya hace mucho. Una madre cuenta:

“Le reñí a mi hijo. Me dijo: ‘mamá, siempre me culpas a mí por todo y nunca a mi hermano. Quiero ser él, ya no quiero ser Marc’. Esto me impactó. Tenía razón, mi relación con su hermano era más armónica. Me arrodillé a su lado sobre la alfombra que había ensuciado con sus zapatos de barro, el motivo de mi enfado. ‘Cariño, lo siento muchísimo. Es verdad que estoy más veces enfadada contigo, porque ensucias mucho. Pero ¿sabes qué? A partir de ahora voy a ser diferente. Te lo prometo. ¿Me perdonas?’. Me miró y me dijo: ‘mama, yo te quiero mucho, ¿no lo sabes? Claro que te perdono”.

Ser honesta/o hacia el niño y reconocer los propios errores es el regalo más grande que una madre (o un padre) pueda hacerle. Los hijos no necesitan padres perfectos, pero padres comprometidos y honestos.

El psicólogo infantil Kenneth Condrell enumeró en su libro ‘The Unhappy Child’ los diez factores que hacen infeliz a un niño. En el puesto 6 aparece el trato favorito hacia uno de los hijos. El hijo de Marion desarrolló tics y enuresis nocturna (mojarse la cama). Era un niño difícil: a veces rebelde, otras veces introvertido. Pero la situación del favoritismo también es negativa para el otro gemelo. Perjudica la relación entre los dos y aumenta la competitividad y la rivalidad. El niño favorito se siente culpable hacia el hermano gemelo, mientras por otro lado intenta mantener su posición.

La auto-reflexión y hablar sobre las dificultades con la pareja, amiga o terapeuta que le impiden amar, son buenas medidas para mejorar la relación con el hijo. Los patrones, heredados de la propia infancia, se pueden cambiar. Dentro de la pareja la ayuda mutua es importante. Conocedor de los problemas del otro, uno se ocupa de ayudar a los niños con los deberes, mientras el otro se encarga del ritual para acostarles. Educar es cuestión de dos, especialmente en caso de gemelos.

Y ¿el niño? Este percibe el cambio en su madre (padre) y está más feliz. La madre de Marc también buscó ayuda y su hijo un día le dijo: “¿Te acuerdas, mamá, que quería ser mi hermano? Pero ahora ya no. Me gusta ser Pablo”.

Coks Feenstra

psicóloga infantil, especializada en gemelos



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