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¿CÓMO CORREGIR AL HIJO?

“Nada lo que hago, surte efecto”, me comenta una madre con voz cansada. “Le quito el Play, le mando a su cuarto, ni salir al parque… Pero nada. Continúa comportándose mal. ¿Qué hago?”

Seguro que más de una madre /un padre se reconoce en esa situación. A veces los castigos (métodos para corregir una conducta) no parecen surtir efecto. Lógicamente debemos corregirle, ya que nuestra encomienda consiste en ‘educarle’, que significa ‘llevarle por buen camino’. Pero ¿cómo?

“Nada lo que hago, surte efecto”, me comenta una madre con voz cansada. “Le quito el Play, le mando a su cuarto, ni salir al parque… Pero nada. Continúa comportándose mal. ¿Qué hago?” UN POCO DE HISTORIA
Hace unos 50 años, o quizás por nuestras latitudes hace menos tiempo, se le daba una paliza al hijo que no escuchaba. Tenía que sentir físicamente las consecuencias de sus actos. Una disciplina de tal índole crea un gran distanciamiento entre padres e hijos y rompe la relación de confianza entre ambos. Tampoco le enseña nada al hijo, salvo miedo. Afortunadamente hoy en día el código penal prohíbe los castigos físicos. Y, aún más importante, los padres actuales no quieren tal relación con sus hijos.
Hoy en día le ponemos límites. Si se comporta mal, se lo decimos y le mandamos un rato a su cuarto, le hacemos sentarse en una silla para que reflexione o bien le quitamos algún privilegio. Es una manera de hacerle ver que su conducta nos desagrada. Todo niño necesita la aprobación de sus papás y quiere que estos estén contentos de él. Esto es lo que en realidad le motiva para comportarse bien.

Pero a veces, en realidad en la mayoría de las veces hace falta algo más: entender el porqué de su conducta.
Sebastián, 6 años, el niño del que su madre se quejaba, tenía motivos para comportarse mal. Lo pagaba con su hermano pequeño al que le incordiaba una y otra vez. Estaba frustrado y enfadado, porque en el colegio le aislaban y no tenía amigos. La madre lo descubrió cuando fue a hablar con su maestra. A partir de allí se abordó el problema de dos maneras:

La madre, en vez de castigarle, se mostraba comprensiva con su hijo cada vez que el niño empezaba a incordiar al hermano. No le mandaba a su cuarto, sino quedaba a su lado y le rodeaba con sus brazos, mientras traducía su estado de ánimo en palabras: “Ah, qué cabreado estás. Veo que estás muy cabreado”. Un abrazo ayuda a eliminar el estrés. Sebastián, en vez de tirar sus juguetes o quitarle algo al hermanito, más de una vez rompía en llantos. La madre aprendió a ver su conducta con otros ojos. Gracias a ellos, el niño fue capaz de dar rienda suelta a sus emociones en vez de dejarse llevar por sus impulsos.
La maestra, por otro lado, le sentó al niño con otro compañero de clase, más empático y leal. En clase trató el tema de la solidaridad y del compañerismo. Sin dar nombres, les explicó cómo podían todos ser amigos, sin aislar a nadie. Habló de lo triste que es cuando a uno no le dejan participar. También hizo un juego con la clase en la que cada uno debía enumerar las cosas positivas de los compañeros. La dinámica en la clase cambió y Sebastián empezó a ser aceptado.

Así que, en caso de malas conductas de tu hijo, averigua los motivos:
• ¿A qué puede deberse? Los niños, hasta 6 a 7 años, no saben expresar sus problemas en palabras y no tiene sentido preguntarles qué les pasa. Expresan sus problemas mediante conductas difíciles. Hay que indagar cuáles pueden ser los motivos de ellas. Háblalo con la pareja y con su maestra/o.
• Analiza la propia conducta. ¿Cómo es la calidad de la atención que le brindas? Hoy en día muchos niños reciben una atención dispersa de sus papás, distraídos por sus móviles y múltiples tareas. ¿Cuándo por última vez tuviste un rato de juegos o conversación tranquilos y gozosos con tu hijo? Pon el móvil en silencio hasta que el niño esté acostado.
• Quizás sufra estrés. Actualmente los niños llevan un ritmo de vida demasiado acelerado que les quita tiempo para el juego. Jugar es la manera natural del niño para descargar tensiones y asimilar experiencias vividas. Procurar que el niño a diario tenga un buen rato para el juego, puede marcar toda la diferencia entre malas o buenas conductas.



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