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EL SÍNDROME DE TRANSFUSIÓN FETO-FETAL

EL SÍNDROME DE TRANSFUSIÓN FETO-FETAL

El síndrome transfusión sanguínea feto-fetal es un riesgo en los embarazos gemelares monozigóticos cuando los bebés comparten la placenta (dibujos C y D), que conviene conocer. Se calcula que un 15 a 20% de los embarazos monozigóticos corren este riesgo.

¿EN QUÉ CONSISTE EL PROBLEMA?
Para que los bebés puedan desarrollarse y alimentarse bien, necesitan disponer de un torrente sanguíneo independiente, que les abastece de oxígeno y alimento. Como en la situación C y D, los cordones umbilicales de los bebés llegan a la misma placenta, pueden darse conexiones entre los vasos sanguíneos (arterías y venas) de un feto con los del otro. En este caso, un feto bombea sangre a la placenta del otro. El otro, llamado el feto receptor (a), recibe demasiada sangre y el feto donante (b) no recibe suficiente. Este último no crece lo suficiente, apenas orina y tiene muy poco líquido amniótico. Puede morir por falta de sangre (significa la falta de oxígeno), también llamada hipoxia. El feto receptor recibe demasiada sangre y crece mucho. Intenta regular la situación orinando mucho, por lo que dispone de mucho líquido amniótico. Puede morir a causa de un problema cardiaco (cardiopatía) por la sobrecarga de sangre. Es una situación extremamente peligrosa para los dos bebés.

Puede darse diferentes conexiones, como por ejemplo una conexión entre la arteria del feto donante y la vena del feto receptor, y también conexiones entre arterias. Lo más peligroso es una conexión entre una arteria de un bebé y una vena del otro. Conexiones entre arterias en sí son menos peligrosas, sobre todo cuando van en ambas direcciones (tanto del donante hacia el receptor como viceversa), pues en este caso se compensan. En general suele haber alguna que otra conexión entre los vasos sanguíneos de ambos bebés, sin causar demasiados problemas, pero cuando las conexiones son de tal envergadura que la vida de los bebés corre peligro, hablamos del síndrome de transfusión feto-fetal. Y en este caso siempre hay que intervenir.

El síndrome transfusión sanguínea feto-fetal es un riesgo en los embarazos gemelares monozigóticos cuando los bebés comparten la placenta (dibujos C y D), que conviene conocer. Se calcula que un 15 a 20% de los embarazos monozigóticos corren este riesgo. Tipos de tratamiento
Existen dos tipos de tratamiento:
1. Se elimina la abundancia del líquido amniótico (llamado aminodrenaje) para evitar un parto prematuro y disminuir la presión sobre el vientre materno. En realidad es un tratamiento de síntomas, ya que no soluciona el problema subyacente y el bebé donante sigue bombeando sangre a su hermano gemelo. Por ello se suele tener que repetir este tratamiento a lo largo del embarazo y así se espera llegar hasta la semana 28, cuando los bebés ya son viables. Conlleva un pequeño riesgo a un parto prematuro, de 1 a 1,5%.
2. Mediante una operación prenatal se cauteriza las conexiones entre los vasos sanguíneos de los bebés. Con anestesia local se introduce a través de un pequeño corte en la barriga un tubo finísimo de apenas 2 mm, por el que se mete un foco de luz, una microcámara y un aparato de rayos láser. Es un procedimiento parecido a la laparoscopia. Esta intervención requiere mucha habilidad por parte del ginecólogo y sólo algunos saben hacerlo. Consiste en cauterizar las conexiones, casi siempre de arteria a vena, muchas veces de arteria a arteria y raras veces de vena a vena. Una vez cauterizadas las conexiones, cada bebé tiene su circuito de conducción sanguínea independiente y deja de existir el problema de la transfusión sanguínea. No obstante, esta intervención no es exenta de riesgo: hay un riesgo de un 10% a un nacimiento prematuro y otra posibilidad es que el bebé pequeño muera. Esto puede darse cuando hay una división desigual de la placenta: un bebé dispone de una gran parte y el otro de una parte mínima. Este bebé se alimentaba hasta ahora gracias a la transfusión que recibía de su hermano gemelo y cuando esta deja de existir, la placenta no le aporta suficiente alimento y el bebé fallece. Es un riesgo de un 25 a 30%. Gracias a una ecografía Doppler se puede ver con bastante seguridad si se da este riesgo. Hay que tener presente que, cuando no se interviene, sólo un 20% de los bebés sobrevive. Gracias a ambos tratamientos este porcentaje se eleva a un 60% para ambos bebés y hasta el 75 y 80% para uno de los bebés. También conviene saber que después de operación con láser las complicaciones después de nacer son mucho menores que en el tratamiento de drenaje del líquido amniótico. Se han observado en niños, tratados sólo con el aminodrenaje, problemas de tipo neurológico, además de problemas de conducta. Es debido a que los cerebros de los bebés no se desarrollan óptimamente, por lo que nacen con menor madurez neurológica. En el ’99 se hizo la primera intervención en el Hospital Vall d’Hebrón de Barcelona, en colaboración con la Universidad de Lovaina (Bélgica).

¿CUÁLES SON LOS SINTOMAS?
Como este síndrome no se da frecuentemente, no siempre se diagnostica a tiempo al no (re)conocer los síntomas. Por lo tanto es importante que los mismos padres estén bien informados e incluso le pasen la información a su ginecólogo. La madre debe prestar atención a los siguientes síntomas:

•Un crecimiento repentino del vientre y aumento de peso sorprendente; puede indicar un volumen sospechoso del líquido amniótico. La madre vive la sensación de tener una barriga tirante y experimenta gran incomodidad. El tamaño de su barriga no coincide con el de un embarazo gemelar normal; es excesivamente grande e hinchado. Además, se trata de un aumento repentino, que puede producirse a partir de la semana 16ª.
• Contracciones a partir de la semana 20ª
• El útero se encuentra muy arriba
• No percibir (más) los movimientos de los bebés o de uno de ellos: el más pequeño, al no disponer de apenas líquido amniótico, está ‘atrapado’ y el otro dispone de tanto líquido, que su madre no nota los movimientos. También es posible que la madre lo note como muy movido e inquieto.
En caso de que se entre las semanas 11 y 14 del embarazo se descubre mediante la ecografía una placenta compartida (dibujo C y D), se debe controlar detenidamente el crecimiento de los bebés (el síndrome no se da cuando las dos placentas se han fusionadas, como en el dibujo B, porque aquí se trata de dos sistemas que en su origen son independientes). Se mide cada semana o cada dos semanas el crecimiento de los bebés. El periodo entre la semana 17ª y 25ª es importante, ya que ahora se puede constatar si se va desarrollando el síndrome feto-fetal y en qué medida (recuerda que existen formas leves y otras severas). Si la diferencia en crecimiento fetal va aumentándose progresivamente, se aconseja el tratamiento con láser. Pero si se concluye a base del crecimiento fetal de que también hay una conexión entre arterías, se aconseja esperar, ya que esta conexión no es una de las más peligrosas. El hospital Académico Médico Centro (AMC) de Ámsterdam, Holanda, dispone de un ordenador específico que puede calcular el crecimiento de los bebés dependiendo del número y del tipo de conexiones que hay entre los gemelos. Así los ginecólogos saben con mayor certeza si hay que intervenir o si el tratamiento de aminodrenaje es suficiente. Todavía se está trabajando para perfeccionar este sistema de datos y cálculos.

Nos cuenta su experiencia Marina, una madre holandesa a la que le diagnosticaron este síndrome: ‘En torno a la semana 17 empecé a engordar mucho y también noté por primera vez contracciones. Me fui directo al hospital. Nadie sabía lo que me pasaba, pero el ginecólogo me pidió que volviera la semana siguiente. En la semana 21 se veía que un bebé crecía menos que el otro. Mi vientre estaba siempre muy duro. Y en esta misma semana el ginecólogo diagnosticó el síndrome de la transfusión feto-fetal. Nos aconsejó el tratamiento con láser en Hamburgo, en Alemania, ya que él mismo no tenía experiencia con este tipo de intervenciones. Nos acompañó allí y nos apoyó en todo momento. La intervención duro una hora y media. No era excesivamente dura. Estuve despierta, pues la intervención se hizo con anestesia local. Después de la operación, que salió bien, me quitaron dos litros de líquido amniótico. Y me dieron mediante gotero medicamentos para prevenir un parto prematuro (siempre es un riesgo añadido). Al día siguiente me hicieron una ecografía y se veía que ambos bebés estaban bien, tanto el pequeño como el grande. A los tres días pude emprender el viaje a casa. Los controles del embarazo con las habituales ecografías continuaban siendo frecuentes (cada semana), pero los bebés crecían bien y la diferencia en tamaño disminuía. A las 35 semanas los bebés dieron señales de querer nacer, pues rompí aguas. Nacieron por vía natural y pesaban 3.140 gramos (el feto receptor) y 3.070 gramos (el feto donante). Gracias a la operación la diferencia en peso era mínima. Hoy en día son dos niños sanos que no han sufrido ninguna secuela de la intervención”.

REFERENTE AL PARTO
En principio un embarazo biamniótico monocorial puede ser por parto vaginal, siempre y cuando los bebés estén bien colocados (con la cabecita hacia abajo). Pero el embarazo monoamniótico monocorial siempre debe ser por cesárea debido al riesgo del entrelazamiento de los cordones.

FUENTE: 'EL GRAN LIBRO DE LOS GEMELOS'. EDICIONES MÉDICI, 2007



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